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La Coctelera

sietesentidos

31 Julio 2007

El oficio más pesado del mundo

La primera vez que escuché la palabra estibador fue de los labios de mi abuela materna para referirse a los trabajadores de la Fábrica Alicorp -de La Legua- que cargan y descargan los productos de un camión que viene desde Lima o va hacia allá. Por aquella época yo iba religiosamente todos los domingos al mercado de Piura, acompañaba a mi madre a realizar las compras para la semana. Ahí conocí de cerca a las personas más marginales que existen en nuestro país: los lustrabotas, los zapateros, herreros, taxistas, vendedores de frutas y verduras y a los cargadores, o llamados comúnmente carretilleros.

Me inicié como estibador cuando tenía 19 años. Mi hermano me metió en ese mundo. Aquellos eran tiempos difíciles. Mi padre no me regalaba ni un mísero sol, “si quieres plata trabaja”, me decía cada vez que le pedía para algún trabajo de la universidad. A mi madre no le pedía dinero, aunque ella siempre me sacaba de algún apuro. Yo sabía que mi madre se ganaba un sol con el sudor de su frente y de sus manos, como decía mi abuelita. Por eso, cuando Charles, mi hermano, me propuso trabajar con él de cargador no lo dudé ni un solo instante. Entonces ya era grande y fuerte y podía ganarme un sol con el sudor de mi frente, aunque luego me lo ganara con la fuerza de mis músculos y la tenacidad de mis sueños.

Todo novato que ejerce un oficio por primera vez termina con ganas de mandar a la mierda a todo el mundo, de dormir y no levantarse más, de esperar que mañana sólo haya sido un sueño todo lo jodido de ser pobre y no tener qué comer, aunque sí un padre alcohólico. Y yo no fui la excepción. Al inicio sólo cargué tres cajas de leche Pura vida chica, que pesan 32 kilos, dos cajas de leche Gloria grande, que equivalen a 42 kilos y cuatro paquetes de yogurt de seis litros cada paquete. Conforme transcurría el tiempo mi cuerpo fue adquiriendo una nueva forma: se ensancharon mis músculos, mi abdomen se endureció y también mi espíritu. Los consejos de mi hermano me ayudaron bastante: me enseñó a coger las cajas y subírmelas al hombro, a tomar jugo sin que almacenero nos pillara, a sacar de vez en cuando sachets de mermelada o sobres de café que escondíamos en los bolsillos de nuestros pantalones. También me enseñó a bolear las cajas, acción que consiste en bajar las cajas de leche a la camioneta sin que se rompan; con él aprendí a cabecear o acomodar las cajas mientras él corría con tres cajas en el hombro hasta las tiendas del mercado.

Desde pequeño, Charles, siempre me protegió. No dejaba que nadie me golpeé ni que realice trabajos pesados. Por eso aquel sábado de la primera semana de cargador, cuando nos enviaron al mercado con 150 cajas de leche Gloria grande y una carretilla, él tiró de la carretilla con veinte cajas en cinco viajes. Al sexto estaba muerto de cansancio. Por eso me pidió que jalara de la carretilla. Yo avancé cinco pasos y caí. Él sólo me miró con pena y continuó. Entonces un señor colorado, de aspecto elegante, que caminaba con su esposa nos insultó porque le rozamos. Que éramos unos atrevidos, sucios, irrespetuosos, que éramos una plaga, que…. Mi hermano sólo los miró y continúo. Yo quería responderles porque consideraba que todos los insultos eran injustos y que ellos no eran las víctimas, de igual forma que nosotros no éramos los culpables, pero no me dejó. Y para consolarme me invitó un vaso de soya que bebí sin agrado, con rabia, con ganas de mandar a ese señor colorado a la mierda y de dejar el trabajo porque aún me resultaba demasiado pesado. Aunque luego cambié de opinión cuando recibí los 99 soles de mi primer pago.

A la segunda semana empecé a cargar de tres cajas de leche Gloria grande, seis cajas chicas, cinco paquetes de yogurt, dos javas de yogurt en sachet. Aprendí golpeándome, como se aprende a caminar, aunque yo aprendí a correr con las cajas de leche en mi hombro. Ahora ya no trabajo más de estibador, mi hermano continúa en el oficio más pesado del mundo. Cada vez que recuerdo junto a él la escena del mercado y el señor colorado, le digo: todos los que no trabajan de cargadores no nos entiende y nos juzgan por nuestro aspecto, nuestro cuerpo sudoroso, las ropas que vestimos, por la carga que obstruye los caminos, pero ellos no se dan cuenta que sí estuvieran en nuestro lugar, si por un día trabajaran de cargadores o carretilleros, entonces comprenderían que éste sí es un oficio digno, que merece el respeto de todos como el resto de oficios. Él sólo asiente y me dice: ojalá algún día ese sueño se cumpla, aunque continúas siendo un soñador, me dice y ríe.

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Sobre mí

Mi nombres es Ralph Zapata Ruiz, estudio Periodismo en la Universidad de Piura de Perú. Me apasiona el periodismo porque es un oficio trepitante, vertiginoso. Me interesan los temas relacionados a medios de comunicación porque considero que han ganado bastante terreno en los últimos años y porque han cambiado el modo de ser de la sociedad actual y de los hombres. Practico fútbol los sábados, corro los domingos y escucho música por las tardes, soy fanático de Alejandro Sanz porque lleva la poesía en las venas. Ah, una cosa más: detesto leer libros malos.

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